domingo, 18 de septiembre de 2016

JABURÚ



NOMBRE COMPLETOJorge Sousa Matos "JABURÚ"

FECHA DE NACIMIENTO19 de abril de 1933
LUGAR DE NACIMIENTORio de Janeiro (Brasil) 
DEMARCACIÓN Delantero 
CLUB DE PROCEDENCIAPorto
TEMPORADAS EN EL CLUB1
PARTIDOSSolo amistosos
GOLES0
CLUB DE DESTINO
EQUIPO ACTUAL Retirado - Fallecido

Se llamaba Jorge Sousa Matos, y era brasileño,  pero le llamaban Jaburú.
El jaburú es una de las aves de mayor tamaño de Sudamérica. Es un pájaro melancólico, todo blanco con cabeza y pico negro. Que se mueve con la actitud relajada y un poco triste. Y mas o menos así, era Jorge Sousa. Y por eso le llamaban Jaburú.
Su historia viguesa comienza el 25 de septiembre de 1958, cuando cruza la frontera de Tuy, procedente de Oporto para fichar  por el Celta, que pagó la cantidad que nunca había pagado por un futbolista, un millón y medio de pesetas.

Su paso por el Oporto había sido fulgurante, obteniendo un campeonato y una copa en el país vecino.
Allí, con su metro ochenta de altura y su habilidad para driblar contrarios, se ganó un hueco en la galería de los grandes jugadores que vistieron la camisola blanquiazul, a pesar de su querencia a la vida nocturna.
Tenía la habilidad de todos los futbolistas cariocas y su fichaje había despertado mucha ilusión en el celtismo.

Firmó autógrafos a dos manos y le hicieron centenares de fotos haciendo malabarismos con el balón, pero todo se vino abajo en poco tiempo.

*Jaburú promocionando una marca de café en su etapa en el Oporto
A finales de la liga 1957-58. Jaburú había comenzado a quejarse de dolores lumbares. El Oporto vio el cielo abierto cuando recibió una importante oferta del Celta.

El acuerdo con el Celta se cierra a comienzos de octubre, cuando ya el club vigués había comenzado con mal pie la Liga de aquel año. El 9 de octubre acude Jaburú a su primer entrenamiento, a las órdenes de Pasarín, pero no convence a los periodistas presentes en Balaídos. «Ni antes, ni después durante el partido, mostró cualidades de fenómeno», se podía leer en El Pueblo . Y es que había costado demasiado dinero como para no exigirle.

Aquel día comenzó el caso Jaburú. No pudo completar el entrenamiento debido a los dolores de espalda que arrastraba de su época en el Oporto, y Pasarín le envió a hablar con la directiva del equipo.
El hijo de Pasarín, Luis, nos contaba, que recuerda haber visto a Jaburú jugar medio partido amistoso. En el descanso vio como llevaba una faja que le cubría medio cuerpo.  Pasarín, que años atrás había dirigido al Oporto, preguntó por el brasileño, y le dijeron que no estaba ne condiciones de jugar, que todo el mundo lo sabía en tierras lusas.
Días más tarde, el secretario del club acompañaba a la «Flecha negra», como había sido bautizado en la localidad portuguesa, a una revisión médica en Santiago de Compostela.
En la capital gallega, un médico le diagnosticó una fuerte bronquitis, mientras que en el reconocimiento general, otro médico hablaba de afección reumática. El Celta trató de ocultar este segundo diagnóstico, pero El Pueblo Gallego fue conocedor del caso y lo publicó. El 24 de octubre de 1958, El Pueblo Gallego publicaba una entrevista con Jaburú, en la que el jugador negaba que padeciese reuma y que en los últimos partidos del Oporto fuera infiltrado para poder acabar los encuentros.


Pero el tiempo pasaba y el jugador no debutaba con la camiseta del Celta. En Vigo se estaba generando una ambiente entre cómico y de indignación, ya que había costado una fortuna para un equipo casi en bancarrota.
Quienes lo veían de noche decían que daba auténtica pena verle regresar al hotel, con todos los síntomas de un alcohólico en plena fase de autodestrucción.
En cambio quienes lo veían de día, en las mañanas de sol, jugando en la playa con los niños y haciendo malabarismos con el balón, decían que aquello era un espectáculo sobrenatural, que hacía detener a todos los transeúntes fascinados con su habilidad.

Los meses seguían trascurriendo sin que ni la más mínima mejoría se dignase a aparecer.
Le hicieron nuevos reconocimientos en Vigo, en Santiago y en Madrid, pero al primer esfuerzo Jaburú se dolía de la espalda con gritos de loco, e incluso cuando llovía, había que ayudarle a quitarse los zapatos porque ni se podía doblar.
Y todas las noches, lloviese o no, el coñac hacía rodar su esqueleto dañado camino del hotel en la más absoluta soledad.

Hubo médicos que confirmaron y otros que matizaron el diagnóstico inicial, pero la sorpresa mayúscula vino con el informe de La Mutualidad Nacional de Futbolistas.
Tras un exhaustivo reconocimiento, que bien pudo haber sido el vigésimo de todo el culebrón, la Mutualidad dictaminaba que Jaburú no padecía ninguna enfermedad ni lesión, congénita ni adquirida, y estaba en perfectas condiciones para la práctica del fútbol.

La temporada seguía avanzando, el ansiado debut no llegaba nunca, y la cuestión empezaba a adquirir unas dimensiones periodísticas impropias de un club tan indiferente para la prensa nacional como era aquel Celta.
Pero la bomba aún vino después, cuando Jaburú compareció ante un notario de Vigo para manifestar que sus dolencias venían de tiempo atrás, y que los directivos del Oporto le obligaron a ocultarlas hasta que se consumase el contrato de traspaso.
Jamás la prensa de otro país se había molestado en escribir ni un solo renglón de referencia al Celta, pero esta vez los periódicos  portugueses amanecieron señalando en titulares que “Jaburú necesita un psiquiatra».

El Celta tomó la palabra de forma literal y llevó a un psiquiatra a Jaburú.
Además de confirmar su alcoholismo crónico, el diagnóstico venía a decir algo así como que el goleador de fantasía que entró a bombo y platillo en la historia del club, el jugador estrella donde el celtismo habían puesto toda su ilusión, tenía un sentido del deber, un concepto de la responsabilidad, un coeficiente intelectual y un grado de madurez equivalente al de un niño de seis años.


El Celta intentó sin éxito recuperar el dinero que había pagado al Oporto, y las 125000 pesetas que cobró Jaburú, y el que iba a ser el primer futbolista negro de la historia del Celta no disputó ni un solo minuto oficial con la camiseta celeste.

Nadie volvió a saber nada más de Jaburú.

Pero una tarde, a finales de los años 80,  veinticinco años después de aquel culebrón, llegaron a Vigo noticias de que el más genuino de los disparatados fichajes de la historia del club, había aparecido muerto en las puertas del estadio de Maracaná.
Había regresado a Brasil, ejercía de limpiabotas en los aledaños del estadio, y pereció en la más absoluta indigencia, castigado por el olvido y borracho no sólo de alcohol, sino también de soledad.

* FUENTES: (Que no muera el Celtiña – Arca soler, Jorge Lamas – La voz de Galicia, Historia del  Celta Faro de Vigo)

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